Agua futura – Región Lagunera

Agua futura – Región Lagunera

Francisco Valdés Perezgasga | La Opinión Milenio,

Desde hace unas semanas se habla en la ciudad de Durango de un plan llamado “Agua Futura para La Laguna”. Un nombre que llama a la maravilla. Veamos. La Laguna está en un desierto. En el mayor desierto de Norteamérica: el Desierto Chihuahuense. De hecho nuestra comarca está en la parte más árida y calurosa de esta vasta aridez. Peor, en un mundo que se calienta, el futuro se nos anuncia aún más caliente y más seco.
Nuestras comunidades laguneras pudieron establecerse aquí gracias a la bendición de dos grandes ríos: el Nazas y el Aguanaval que puntualmente traen el agua que se recoge en dos vastas cuencas que inician en el parteaguas de la Sierra Madre Occidental. Estas lluvias lejanas formaron las grandes lagunas que nos dieron nombre y de las que sólo queda un débil recuerdo. En otros sitios de la cuenca baja, como en el paraje de la Posta, en Lerdo, se formaban grandes humedales que en estas fechas albergaban al gran espectáculo continental de la migración de grandes grupos de gansos, grullas y patos. En su curso desde las sierras de Durango y Zacatecas -y gracias a los caprichos de la geología- las corrientes de estos ríos fueron llenando vastos depósitos de aguas subterráneas.
Pero hoy la situación es diferente. El Aguanaval y el Nazas están represados hasta la saciedad. Sus ritmos naturales y milenarios de inundación y sequía se perdieron para siempre y con ellos muchos de los seres que se habían adaptado a esos ritmos. Las lagunas que fueron nuestra identidad son hoy páramos secos, inmensos comales blancos de arena y salitre. Los gansos se refugiaron en el Palmito. Las grullas nadie sabe donde quedaron. Los acuíferos milenarios están tan agotados que lo que se saca de ellos, con gran esfuerzo y gasto energético, es veneno.
Por si hiciera falta, alzando la vista de este desastre, nos encontramos los estudios del Pánel Intergubernamental para el Cambio Climático (el IPCC por sus siglas en inglés), validados por el Instituto Nacional de Ecología, que predicen también un futuro más caliente, más seco y más impredecible para el norte de México lo que supondrá menos agua en las sierras, menos flujos en los ríos. En una palabra menos agua para una Comarca Lagunera cada día más sedienta y más acalorada.
Por eso es que el plan “Agua Futura para La Laguna” no puede sino provocar un rascado de cabeza, una cara de “juat”, una sonrisa amarga. Pretender que con una inversión de muchos miles de millones de pesos en ladrillos y tubos vamos a exprimir agua de donde no la hay ni la habrá sería una broma sangrienta si no fuera porque detrás tiene, al parecer, toda la fuerza de la clase política y del lobby constructor.
La escasez que tenemos de agua no es natural, es inducida. El Aguanaval y el Nazas son un privilegio que no tiene ninguna otra zona urbana del norte de México a excepción quizá de Delicias con su Conchos. Pero nunca fuimos capaces de reconocer a tiempo los límites de esta abundancia, quizá porque nunca fuimos capaces de ponerle riendas a la avaricia. Así, como si estuviéramos locos, nos embarcamos en un proyecto económico insustentable, es decir inviable, que nos ha traído al predicamento en el que hoy nos encontramos. El agua de los ríos y los acuíferos ha sido dilapidada sin misericordia con el fin de tener hoy la mayor cuenca lechera de México asentada en nuestro seco desierto. Teníamos mucha agua pero ésta nunca alcanzaría para producir la alfalfa, la vid, el algodón y la nuez que producimos y que hemos producido.
Creo que el camino al futuro lo podemos encontrar en el pasado. Volver la vista a aquel paraíso de ríos caudalosos, lagunas interiores, bandas de gansos y grullas, abundantes humedales y acuíferos plenos. No volver por nostalgia sino con la razón pragmática de averiguar donde fue que nos fuimos chueco. No hablo pues de volver a un pasado idílico e irrepetible. Hablo de limitar nuestro uso de agua por debajo de lo que la naturaleza nos entrega. Hablo de adaptar los pulsos de nuestra sociedad -sobre todo de nuestra agricultura- a los pulsos de nuestros ríos. Hablo de un manejo más ilustrado de las presas sin descartar la remoción de las más inseguras e ineficientes, como hoy se hace en otros países como los Estados Unidos.
Todo esto significa, a fin de cuentas, reconocer de una vez por todas el sitio en el que vivimos para poder imaginar el sitio -el mundo- en el que queremos vivir. Vivir inteligentemente y con compasión hacia el resto de las comunidades humanas y no humanas dándole todo su valor al concepto que reza que el agua es vida. Ser por fin dignos nativos de esta tierra. Llegar por fin a nuestro hogar. Si nuestros políticos de verdad se preocupan por el agua y por el futuro deben sumarse con todo su poder pero también con toda su humildad, a este esfuerzo regional, nacional y mundial por la perdurabilidad y la justicia ambiental e hídrica.

http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9170110

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