Ciudades no sostenibles

Ciudades no sostenibles

Joan Martínez Alier | En La Jornada, Sábado 6 de julio de 2013.

En una visita al ITESO de Guadalajara en mayo y junio de este año para un curso de verano sobre economía ecológica y ecología política, di una conferencia sobre la ciudad insostenible en la Casa Clavigero, hermosa obra del arquitecto Luis Barragán.

Naturalmente, toda ciudad de cierto tamaño es ecológicamente insostenible, tiene que vivir de lo que acapara y obtiene en otros lados, y excreta residuos mucho más allá de sus límites.

En Guadalajara hay ejemplos a la vista de la dañina contaminación que la ciudad produce en el Río Santiago y en los habitantes de sus riberas con sus aguas sucias. Una nueva autopista de circunvalación ha de cortar la conectividad entre el Cerro Viejo (declarado reserva hidrológica) y la bella laguna de Cajititlán.

En Jalisco son también patentes los conflictos por el agua de la presa de El Zapotillo en el Río Verde. Hay que esperar que la presa de El Zapotillo no inunde el hermoso y muy valioso pueblo de Temacapulín; que el nuevo gobernador de Jalisco cumpla esta promesa.

Dije en Guadalajara que no tomaran a mal que, siendo catalán, siendo forastero en Jalisco, me metiera en el asunto de El Zapotillo y en la defensa de Temaca, tan querida, porque las empresas constructoras de la represa y concesionaria del trasvase de agua hacia León, FCC y Abengoa son también forasteras, son españolas.

Ese trasvase de agua me lleva a recordar la nueva red europea de protesta contra proyectos parecidos que se llama, en francés, Grands Projets Inutiles Imposés. Como el aeropuerto de Nuestra Señora de las Landas, en Nantes, o la nueva estación de Stuttgart, o el nuevo túnel para el TAV de Turín a Lyon o el shopping mall en el Gezi Park de Estambul.

Las ciudades no viven de su propia sustancia. Roban agua y contaminan agua. No consiguen vivir del agua que les llueve encima. Las ciudades tienen huellas ecológicas mucho mayores que su propia extensión. Supongan una ciudad que tenga una densidad de 100 personas por hectárea (una hectárea es un cuadrado de cien metros de lado). Esas cien personas parecen ocupar una hectárea, pero en el cálculo de la huella ecológica, vemos que ocupan cien o doscientas a trescientas hectáreas.

Fue el ecólogo William Rees quien introdujo el cálculo de la huella ecológica en 1991. Profesor en Vancouver en Canadá, explicó a sus alumnos por qué cada uno de ellos en promedio, con sus dietas muy carnívoras, llegando en automóvil a la universidad, ocupaba cuatro hectáreas. Dos eran las que necesitaban para su alimentación, también como tierra pavimentada y como tierra para producir la madera para pasta de papel y para la construcción. El resto era la tierra virtual que, cubierta de vegetación, sería capaz de absorber el dióxido de carbono que estaban produciendo al quemar tanto petróleo. Era tierra virtual porque ese gas va a la atmósfera y la nueva vegetación no se da abasto para absorberlo.

Cuatro hectáreas por persona en Vancouver, tal vez sólo una y media en Guadalajara, y menos los estudiantes que viajen en apretados buses o en bicicleta y que sean vegetarianos. Y que gasten poco papel.

Esos cálculos de la huella ecológica (que muestran que la ciudad es ecológicamente insostenible pues necesita un inmenso hinterland y más allá la atmósfera planetaria para depositar sus gases con efecto invernadero) hubieran complacido a los primeros urbanistas ecologistas como fueron Patrick Geddes y Lewis Munford, y por el contrario hubieran desagradado a Le Corbusier, el teórico de la expansión urbana basada en el automóvil.

Parece que Luis Barragán visitó a Le Corbusier ya en 1931, cuando éste estaba en el pináculo de su fama tan duradera, en vísperas de proclamar la Carta de Atenas donde recomendaba que las ciudades fueran divididas en zonas monofuncionales, es decir, zonas separadas de dormitorio, trabajo, ocio, como si quisiera maximizar los gastos de energía para transporte.

No sé de qué hablarían Barragán (1902-1988) y Le Corbusier (1887-1965); tampoco conozco el tipo de urbanismo que Barragán defendía ni sé qué hubiera pensado de la Guadalajara actual. Pero sí sabemos lo que Lewis Mumford (discípulo de Patrick Geddes) pensaba de Le Corbusier.

Desde hace años me conmueve la atrevida nota que Mumford colocó en su crítica hacia la ciudad que se extiende en suburbios de clase media. Mumford había elogiado a Kropotkin, quien había escrito Campos, fábricas y talleres. Mumford valientemente criticó la uniformidad mortal, la desolación visual, la escala inhumana y, peor todavía, la irrelevancia humana de la serie de grandiosos planes urbanísticos que Le Corbusier ha presentado desde la década de 1920. ( La ciudad en la historia, comentario a la lámina 55)

http://www.jornada.unam.mx/2013/07/06/opinion/016a1pol

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