El agua, un bien de todos (I)

El agua, un bien de todos (I)     

Por Julio Hernández*

La Habana (PL) El cuerpo humano está formado por agua en algo más del 70 por ciento y si constantemente no reponemos la cantidad que perdemos a través de la orina y el sudor, en cuestión de días moriríamos.

  Por ello el agua dulce es un recurso vital, pues su necesidad es tan urgente que se antepone incluso a los alimentos.

De ahí que existan corrientes en favor de que el acceso a ese líquido sea considerado a nivel internacional entre los derechos humanos fundamentales.

Del otro lado del espectro político, a medida que crece la población mundial y el cambio climático disminuye las fuentes de agua dulce, se reclama el control del agua y su distribución a través de la privatización.

El agua ha sido calificada como el oro azul, una manera de subrayar su valor e importancia económica al compararla con el petróleo, llamado corrientemente oro negro.

Cualquiera diría que todavía no hay que preocuparse tanto por ella, ya que cubre las tres cuartas partes de la superficie del planeta, pero no debemos olvidar que en su mayor proporción es salada, alrededor del 97 por ciento.

El agua de mar puede ser desalinizada, pero hasta ahora las tecnologías para este proceso son bastante costosas, lo cual imposibilita su uso a gran escala para abastecer a los seres humanos y cubrir las necesidades de la agricultura.

Las mayores reservas de agua dulce están en forma de hielo sobre la Antártica y Groenlandia. Los glaciales, por su parte, cubren el 10 por ciento de las tierras emergidas y significan el cinco por ciento del agua.

A su vez, el 22 por ciento del agua dulce está localizado en lagos y ríos, pero una parte de ella regresa a la atmósfera en forma de vapor.

Hoy en día se sabe que en la Tierra no va a haber cantidades mayores de agua. Disponemos de los mismos volúmenes existentes desde la formación del planeta y no habrá en el futuro ni una gota más.

Pero el hecho es que este líquido vital no está igualmente disponible para todos, puesto que hay zonas de lluvias abundantes e importantes vías fluviales y otras, donde al contrario, la carencia es alarmante.

Otra de las razones para la preocupación es que una gran parte del agua dulce existente no es apta para el consumo humano, ya sea por contaminación con residuos tóxicos o microorganismos causantes de enfermedades.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), alrededor de un millón y medio de niños mueren cada año de enfermedades diarreicas o de otra índole por ingerir agua contaminada.

Según la misma fuente, mil 100 millones de personas en el mundo no tienen acceso al agua potable y otros dos mil 600 millones, de un total de siete mil millones, no cuentan con suficiente agua para la higiene y sanidad.

Se dice que unos cinco millones de personas mueren cada año debido a enfermedades relacionadas con el agua.

Lo paradójico es que, incluso en países con agua, el subdesarrollo económico no ha permitido que muchos de sus habitantes tengan acceso fácil a ella, pues no han podido construirse redes hidráulicas adecuadas.

Esta también es una de las razones por las que el acceso al agua en el mundo resulta tan injusto como a los alimentos.

En Estados Unidos y Canadá la población dispone de 350 litros de agua per cápita diariamente, en tanto que en Japón la cifra es más o menos similar y en Europa, aunque varía de un país a otro, la disponibilidad es de 200 litros per cápita.

En comparación, el promedio para cada individuo en el África subsahariana oscila entre 10 y 20 litros cada día, aunque en los períodos de peor sequía en el Sahel y el Cuerno africano, la cifra puede ser considerablemente menor.

Expertos de las Naciones Unidas estiman que las personas necesitarían hacia 2015 unos 50 litros de agua per cápita por día para satisfacer sus necesidades básicas, tales como beber, bañarse, cocinar, lavar sus ropas y otros menesteres.

Pero reconocen que en el estado actual del mundo el acceso al agua es tan desigual que la meta de 50 litros diarios parece un sueño inalcanzable.

Hacia el año 2050 la población mundial tal vez se acerque a los nueve mil millones, lo cual supondrá producir más alimentos, e implicará inevitablemente disponer de más agua para los cultivos y también para las personas.

 

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* Redacción de Servicios Especiales.

em/jhb

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