El futuro del agua

Rafael Pérez Gay

El futuro del agua

24 de febrero de 2011

Sé que el agua en la Ciudad de México es muy barata, pero la ganga nos sale cada día más cara. Hay poca agua y cuando fluye mana sin fuerza hacia los tinacos o las cisternas. Cutzamala me suena como una palabra árabe que invoca a una deidad hidráulica de la fertilidad. No sé si exagero, pero no recuerdo días de escasez de agua en la ciudad como en esta temporada de febrero. Quizá José Luis Luege, de Conagua, o Ramón Aguirre Díaz, del sistema de Aguas del DF, sepan algo de nuestro porvenir acuático. Quizá son muy malas noticias y prefieren convencernos de que seguimos reparando a la deidad Cutzamala. Si es verdad que en el futuro de la ciudad aguarda una parte de su pasado, la cosa se va a poner fea.

En la casa me han perdido la confianza y me impiden subir a la cúspide de cemento a realizar la supervisón de los tinacos. Como decía el clásico: tal vez acuso fatiga. Me dedico entonces al trabajo de gabinete. Busqué y rebusqué en mis archivos una batería de notas tomada en la hemeroteca. En su libro El derrumbe de los ídolos, Héctor de Mauleón ha escrito una crónica histórica sobre este asunto. Ofrezco aquí mis propias notas del año de 1922 en la Ciudad de México.

La petite histoire: mi abuelo Herminio Pérez Abreu había dejado la presidencia municipal de la Ciudad de México a finales del año 1921. Álvaro Obregón le ofreció una comida y lo despidió con las palabras de un caudillo en plenitud. El azar y el caudillo salvaron a Pérez Abreu de enredarse en uno de los más serios conflictos que enfrentaría la ciudad en esos años: la sequía de 1922.

El 22 de noviembre de aquel año, EL UNIVERSAL informaba: “La Ciudad desesperada por la falta de agua. El público pide que el Ayuntamiento sea disuelto en vista de su ineptitud. Se dijo que durante dos horas diarias habría agua, y se engañó a la población que paga impuestos para que los servicios se hagan bien”. Que nadie se inquiete, se trata de una noticia de hace 89 años. Las bombas de la colonia Condesa habían estallado debido a un error humano, la reparación se complicaba y los días sin agua se balanceaban sobre el gobierno municipal como una amenaza de malestar y rebelión.

23 de noviembre de 1922, primera plana de EL UNIVERSAL: “Un periodista de nuestro diario fue conducido a la planta de bombas de la Condesa. Anexos a éstas se encuentran los motores que las mueven y que por hoy están cubiertos por casetas de lona. Dentro de esas casetas están colocados diversos aparatos eléctricos de calefacción que producen una temperatura de 78 grados según marca el termómetro. Por la planta de bombas, varios operarios caminan de un lado a otro llevando en las manos estopa para limpiar el aceite de los motores desprendido en la reciente inundación de la planta. El único remedio es esperar a que sequen los motores que mueven las bombas de agua”.

La ciudad sin agua se convirtió en un polvorín. Reproduzco la noticia del 24 de noviembre de aquel año: “El presidente Municipal Miguel Alonzo Romero dijo: ‘La prensa acusa injustamente a todo el cuerpo municipal por un hecho fortuito del que no tienen la culpa ni los ciudadanos, ni los regidores. Ya se ha dicho de una manera clara y terminante, para satisfacción de la ciudad, que el accidente ocurrido en las bombas de agua se debió a la falta de un empleado que durante 12 años había venido desempeñando su trabajo a entera satisfacción’”.

Tengo ante mí una fotografía de la Casa de las Bombas de la Condesa que estaba en las calles que hoy hacen la esquina en Alfonso Reyes y Pachuca, donde crece hacia la nada la secretaría de Economía, en la lateral del Circuito Interior, que entonces era el río la Verónica. El texto de la fotografía informa que la casa fue diseñada en 1907 por Alberto J. Pani. Labraron en la fachada motivos acuáticos y un rostro de Neptuno que miraba impávido en 1922 el trajín de los trabajadores que intentaban devolverle el agua a la ciudad que venía de Santa Cruz Acalpixca, en Xochimilco, por un acueducto subterráneo. Nadie es capaz de leer su futuro en las señales de la vida diaria. Miguel Alonzo Romero, presidente Municipal de la ciudad, ignoraba que su carrera política tocaba a su fin y que en su porvenir había una tragedia de fuego y muertos por agua. (La semana que entra: “Los muertos del agua”.)

http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/51809.html

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