El Niágara en Juanacatlán

¿De dónde nos vendrá esa costumbre de convertir los parajes bucólicos del pasado en un edén subvertido? Lo pregunto porque cada que se hace una revisión de los lugares significativos de nuestra ciudad o los alrededores, se advierte la  depauperación que de manera consciente y sistemática se ha hecho de ellos

Gerardo Ascencio

6 de Marzo 2015

En días pasados, por ejemplo, esta misma publicación hacía memoria de El Salto y las vicisitudes de quienes habitan en las cercanías; de la contaminación del río y de los fatales efectos de ella sobre la población. Exponía, entre otras cosas, que “Las cifras de la CEA sobre la contaminación en el Río Santiago siguen siendo alarmantes, la cantidad de desechos orgánicos (…) siguen estando por encima de la Norma Oficial Mexicana para cuerpos de agua, y aún hay metales pesados” (“El río Santiago, herida en el paisaje”, febrero 18, 2015).

Recuerdo –como también lo consigna la pieza de Alejandro Velazco– que solía ser un lugar de pesca y días de campo hace apenas medio siglo, y paseo tradicional para los tapatíos desde hace mucho tiempo.

Ya en las primeras crónicas sobre Guadalajara y sus cercanías se relata el asombro ante el Salto de Juanacatlán, nombrado por Juan de Dios Peza como el “Niágara del estado” de Jalisco.

En los inicios del siglo 17, por ejemplo, Mota y Escobar describía que: “hace tan gran ruido que se oye a mucho trecho, y a los presentes ensordece, da su golpe en unas peñas abajo, del cual resulta arriba un tan copioso rocío que subido en lo alto hace una nube de que torna a llover menudamente en espacio de cien pasos, y en esa nube estampa el sol el iris muchas veces, que causa gran apacibilidad”. Unos 15 años después, en 1621, Domingo Lázaro de Arregui, en su “Descripción de la Nueva Galicia”, lo hacía prácticamente con las mismas palabras.

Este magnífico paraje pertenecía a la hacienda de Toluquilla y fue propiedad de la Compañía de Jesús hasta la expulsión de la orden –decretada por el rey Carlos III– en 1767. Pasó luego a manos del primer marqués de Pánuco, Francisco Javier de Vizcarra.

Su vocación productiva destaca en el siglo diecinueve, cuando en las márgenes del río y a vistas de la cascada, se canaliza el agua y se cultiva en su ribera alfalfa y caña. También se instala un trapiche de tracción animal. Más adelante, José María Bermejillo cultivó trigo y encargó a Eduardo Collignon la construcción de un molino y casas para los trabajadores.

Para 1873, John Lewis Geiger relataba que “La fábrica de El Salto está a unas tres millas de la ciudad, donde una corriente pequeña, pero profunda, se convierte en hermosa cascada al brincar sobre las rocas de lava, y de aquí se genera energía con la ayuda de una turbina”.

Unos 20 años después se instala ahí la Compañía de Luz y Fuerza Motriz Eléctrica de Guadalajara, montando la primera planta hidroeléctrica de servicio público en México, dotada de un generador de 375 kilowatts. En esa misma época comienza a funcionar la fábrica de hilados y tejidos Río Grande.

Todavía entonces sigue conservando su encanto como atractivo natural. “¿Y qué diremos de la famosa cascada de Juanacatlán?” –escribía el pintor, crítico y cronista texcocano Felipe S. Gutiérrez– “baste decir que se la considera en tercer lugar después de la del Niágara”.
El asombro no para en las clasificaciones: “De repente, al salir de un espeso matorral, ¡ah!, quedamos sobrecogidos de espanto a la vista del imponente espectáculo que teníamos enfrente (…) el americano (que los acompañaba) dio un paso más sobre el peñasco que se inclinaba hacia el abismo y tanto nos espantó a todos, que corrimos a detenerlo… era que poseído de una religiosa admiración, saludaba con la cabeza descubierta aquella obra de Dios y agitaba el sombrero en los aires exhalando gritos de entusiasmo (…) y complacidos también de los mil arcoíris que se forman con los vapores”.

En el siglo 20 vendría su despegue como corredor industrial, a finales de los años 60, con la instalación de varias empresas importantes; se consolidaría con la creación del primer parque industrial en la localidad y, más tarde, con el Fraccionamiento Industrial El Salto.

Toda esta bonanza industrial, en su quid pro quo, se cargó con la belleza y la ecología del lugar. Hace un par de días, Vanessa Robles escribía en su “Aunque usted no lo lea”: “Ahora a la catarata le dicen la cloaca. Y eso que la cloaca es un eufemismo, porque la quebrada esparce en su brisa no sólo parte de la mierda de los tapatíos, sino la de algunas industrias socialmente responsables de alrededor”.

Parece que, en este tapatío edén subvertido, ese es el destino manifiesto de todos los ríos que circundan o cruzan por Guadalajara. Y para este en particular, cuya sanidad depende de dos plantas de tratamiento, de alegóricos y proféticos nombres: El ahogado y Agua Prieta.

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