Réquiem hidráulico por Temaca

 


José M. Murià

Temacapulín, municipio de Cañadas de Obregón, en los Altos de Jalisco, es una antigua población colonial que ha dejado testimonio de su existencia desde el siglo XVI. Además, si nuestros arqueólogos se alejasen un poco más del pavimento urbano, que parece ser su hábitat natural, con toda seguridad hallarían vestigios prehispánicos, al menos debajo de su vetusta iglesia.

Hay varios elementos que permiten suponerlo, empezando por su nombre náhuatl que, más o menos, significa: Lugar de la casona de baño. Así lo confirma un antiguo y recién remozado balneario de aguas termales que ha atraído turismo de salud desde tiempos muy remotos.

Es un pueblo hermoso en el centro de un valle, al que se llega descendiendo una cuesta que describió con enorme belleza un poeta y cura, padre en todas las acepciones de la palabra. El hombre fue un modelo de una paternidad responsable que mucho ofendió a la mitra y ésta le hizo la vida imposible, con acciones como la de enviarlo precisamente a Temaca, tan alejado como estaba de la mano de Dios y fuera de todos los caminos. Incluso el inspirado sacerdote tuvo que irse en algún momento a esconder a Centroamérica y luego a Estados Unidos, para escapar de la flamígera ira del arzobispado tapatío.

Alfredo R. Plascencia, que así se llamaba el sacerdote, por cierto uno de los bardos religiosos más finos de la lengua española de todos los tiempos, le escribió otros poemas al dicho pueblo. Destaco dos: uno al cementerio que, como podrá suponerse, es antiquísimo, y otra al Cristo de Temaca, que es una pétrea formación natural al que se le han atribuido a lo largo de la historia infinidad de milagros.

Pues bien –más bien, mal– Temacapulín, junto con Acacico y Palmarejo, será inundado en fecha cercana, pues quedará en el vaso de una presa que resulta indispensable –se dice– para darle más agua a León, Guanajuato, a la capital de Jalisco y a los alrededores alteños del sitio.

El cálculo democrático y político es fácil: saldrán muy perjudicados unos cuantos y beneficiados varios millones de mexicanos. Sin embargo, a veces perdemos de vista que la democracia, además de validar la opinión de las mayorías, debería implicar también respeto por las minorías.

Esta minoría rebelde es, precisamente, lo que ha entorpecido el trabajo de la Comisión Nacional del Agua, agravado por el pésimo y despótico manejo del proceso por parte de las administraciones panistas que ha padecido recientemente nuestro país y, de manera particular, el estado de Jalisco. Pero de ello se hablará otro día.

En fin. Las aguas en este país las maneja la Federación y ésta ha decidido ya que la cortina de la presa se llevara hasta los 105 metros de altura, lo que implica dejar bajo el agua a los poblados referidos. A cambio, habrá indemnizaciones no muy pingües y reubicaciones de los pobladores que, según decía con humor negro un sacerdote partidario de la presa, en el futuro podrán alquilar escafandras o similares para que los turistas bajen a ver los restos de lo que fue el pueblo de sus antepasados.

* In memoriam Ernesto Flores

http://www.jornada.unam.mx/2014/04/26/opinion/010a1pol

 

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